ética y tecnología: las razones de este blog


La máquina, por un error de medida, ha venido a calentar el estómago del hombre,
pero ha enfriado su corazón

Miguel Delibes

EL VÉRTIGO

Nos encontramos inmersos en un proceso cada vez más acelerado de desarrollo científico y tecnológico que alcanza todos los ámbitos de la existencia. El volumen de información y conocimientos que actualmente se genera, trasmite y aplica, crece a un ritmo exponencial. Fenómeno este, facilitado por las nuevas tecnologías de la informática y las telecomunicaciones (TICs). De modo que hemos sido testigos, en un lapso cada vez más breve, del trayecto por las dos fases de la era industrial, la atómica hasta la actual era electrónica y digital.

También las ciencias biomédicas han experimentado enormes progresos en todos los campos (preventivo, diagnóstico, terapéutico y rehabilitatorio). Desde la revolución quirúrgica impulsada por la aplicación de los anestésicos y las medidas de sepsia y antisepsia, el inicio de la era antibiótica con el descubrimiento de la penicilina y el resto de los adelantos en el terreno de la farmacología y de los medios diagnósticos, hasta la revolución biotecnológica y genómica de nuestros días. Avances de la «tecnociencia médica» que han contribuido de manera notable a mejorar la salud e incrementar la calidad de vida de millones de personas.

EL MITO

Todo este proceso de impetuoso desarrollo científico-técnico ha contribuido con la extensión del “mito cientificista del eterno progreso”, cuyo discurrir reflexivo ha sido muy bien descrito por Alfonso López Quintás: “El saber científico muy elevado permite llegar a un saber técnico muy poderoso, aun dominio muy amplio de la realidad, a la solución satisfactoria de múltiples problemas, la producción de artefactos extraordinariamente perfeccionados. A formas nuevas, sorprendentes de confort y a una medida correlativa de bienestar y felicidad” (Alfonso López Quintás. El arte de pensar con rigor y vivir de forma creativa. Madrid, Asociación para el Progreso de las ciencias Humanas 1993. p. 55)

Bajo esta forma de pensamiento lineal se le ha llegado a conferir a la ciencia una omnipotencia utópica, pretendiendo que en ella radican todas las respuestas sobre la condición del hombre y el sentido de la vida. De modo, que sólo la ciencia proporcionará las “fórmulas” para el dominio sobre los más complejos procesos sociales, la total superación de la enfermedad y del envejecimiento así como la supresión de la muerte. Este modelo que ha demostrado ser insostenible y cuyo principal fallo es confundir la suma aritmética del confort y el bienestar con la felicidad, pone sus bases en una serie de argumentos como:

- Todo avance tecnológico (frecuentemente presentado como “conquista”), supone un progreso para la humanidad.

- Cuando algo es técnicamente posible: ¡hay que hacerlo!.

- Ante el avance tecnológico hay sólo dos posiciones: estar a favor o en contra.

LOS PELIGROS

A pesar de las dolorosas experiencias recientes que confirman la falsedad de los anteriores supuestos (armas atómicas, guerra química y bacteriológica, experimentación con embriones, deterioro medioambiental), la opinión pública aun no ha perdido del todo cierta inocencia en relación con las tecnociencias, estas se han revestido de una “aureola prometeica” que ha propiciado la distorsión de su sentido original: lo que en un principio era tan solo el medio para lograr que las personas alcanzaran cotas cada vez más altas de bienestar y satisfacción, ha sido trastocado por oscuros intereses en un fin en si mismo. El ser humano ha terminado con frecuencia siendo también rebajado al plano de un objeto más, bajo el dominio de la ciencia y la tecnología, su dignidad ha quedado rota y olvidada. La sociedad globalizada postmoderna ha entrado en el tránsito cuesta abajo de una cultura humanista a una cultura tecnocrática.

Es preciso no perder de vista, que tal y como la utilización de técnicas y herramientas, pudo influir progresivamente en la evolución de los primeros humanos (desarrollo de la mano, bipedestación, lenguaje oral articulado, pensamiento concreto), al modificar radicalmente nuestro entorno y ejercer un constante influjo sobre cada individuo, también a largo plazo, de manera paulatina e imperceptible las tecnologías contemporáneas nos configuran y remodelan física, psíquica y emocionalmente, transformando a su vez todo el sistema de relaciones interhumanas y con ellas la sociedad y la cultura.

Por otro lado, resulta prácticamente inevitable que la aplicación de algunas tecnologías no implique ciertos tipos de “mediación” entre los actores implicados. Mediación que con frecuencia equivale a separación o incluso franco aislamiento. En el caso de la atención sanitaria pensemos, por ejemplo, en la radioterapia, la medicina nuclear, los estudios imagenológicos y la telemedicina. Es estas modalidades, por motivos técnicos, de seguridad o procedimentales, existe relativa separación del sujeto agente sanitario respecto al sujeto paciente. Tal separación física puede propiciar un claro distanciamiento afectivo (de hecho, muchos lo hemos sufrido en carne propia). La simple distancia que implica estar en habitaciones contiguas separadas por un blindaje plomado o llegar a estar reducido a una imagen digital o a un conjunto de datos en un sistema informático, puede hacer evaporar el sentido de responsabilidad de un personal sanitario que también se percibe distante de las posibles consecuencias de sus acciones u omisiones.

Otra interesante arista radica en que los nuevos adelantos diagnósticos descubren cada vez más “enfermos” entre aquellas personas que se tenían por sanas, al revelar incluso pequeñas alteraciones u hallazgos que, aunque mayormente asintomáticos o de pronóstico irrelevante, se desvían de lo tenido por “normal”. De más está decir las repercusiones psicológicas y conductuales que tales diagnósticos generan en los “nuevos enfermos” que partir de ese momento si comenzarán a sentirse todo tipo de malestares y molestias atribuibles a su(s) patología(s). Así mismo, existen fenómenos como el frecuente desfase entre el progreso diagnóstico y el terapéutico que genera cada vez más personas dentro de la categoría de enfermos crónicos, además de entidades patológicas “de nuevo tipo” altamente sospechosas de ser invenciones del mercado médico-farmacéutico.

Análisis aparte merecen algunos aspectos de la ética distributiva respecto a las tecnologías médicas. La falta de acceso de millones de personas, no ya al “estado del arte” diagnóstico o terapéutico para una patología dada, sino incluso, a recursos elementales como un simple antibiótico de “primera generación” ya obsoleto en el primer mundo. O la planeación errática o viciada por motivaciones político-ideológicas o comerciales que dedica cuantiosos recursos al desarrollo o adquisición de avanzados recursos, cuando se carece de elementos básicos para el diagnóstico y el tratamiento de esos mismos pacientes a los cuales se pretende beneficiar con el poder de la “tecnología de punta” (de hecho la expresión tecnología de punta, es usada como término “talismán” en los discursos publicitarios y sociopolíticos).

EL CAMINO

Es por todo ello que cada vez son más las voces que claman a favor de que el “technos” se encuentre supeditado al “ethos”. Al decir del prestigioso filósofo germano-judio Hans Jonas “es preciso someter el potencial apocalíptico de la técnica al dominio de los valores, de la reflexión moral”. Él mismo nos explica la urgencia de “poner el galope tecnológico bajo control extratecnológico” (Hans Jonás. Técnica, medicina y ética. Paidós 1997, citado en Manuel de Santiago. La crisis de la conciencia médica de nuestro tiempo. Cuadernos de Bioética 1998; 36(9): p. 669).

Tal necesidad cobra especial relieve y urgencia en una época en que la tecnociencia médica tradicionalmente restaurativa o fisiológica tiende a ser cada vez más transformadora de la naturaleza humana, transitando hacia una medicina antropoplástica o perfectiva. Transición que se vislumbra aun más, con el progresivo conocimiento del genoma humano y el perfeccionamiento de las técnicas y procedimientos de la ingeniería genética. De ahí el imperativo de tener siempre en cuenta las últimas consecuencias de nuestras acciones y no solo pensar en los posibles beneficios inmediatos, pues la aplicación de algunas técnicas podrían generar nocivos efectos de difícil reversibilidad que no se limitarían al “aquí y ahora” sino que rebasando las coordenadas del espacio y del tiempo, influirán globalmente y en un futuro, sobre personas que no habrán tenido posibilidad de elección.

Constituye pues, un verdadero reto para nuestra cultura, lograr la sabiduría y la mesura para no sucumbir a la “exaltación técnica”. Seducción de la que nuestras sociedades, sistemas y profesionales sanitarios, muchos pacientes y sus familiares no logran sustraerse, y bajo la cual, las acciones médicas, lejos de obedecer a su hondo sentido humano, enfrentan el riesgo de ser degradadas a mera pericia técnica, que valiéndose de sofisticados procedimientos y artefactos, termina interviniendo en la persona como si se tratase de “una cosa”. En este contexto, surge este nuevo blog como espacio de análisis y reflexión sobre los aspectos éticos de las nuevas tecnologías y su impacto en la vida.

A. M. Santos Hernández. amsantosmd@gmail.com