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Libertad y Ética: de la fuente al cauce

Independientemente de la corriente en la que se enmarque, el discurso ético tiene a la libertad como un tema central. El ser humano, en cuanto libre, es un sujeto ético. O dicho de otro modo: su obrar por ser libre es que se hace moral. En este punto, resulta sumamente ilustrativo el ejemplo que emplea Fernando Savater en su libro “Ética para Amador” (45a ed. Barcelona: Ariel, 2004. pp.23-28). Texto del que me he permitido extractar un pasaje y en el que además he resaltado algunas palabras.

Dice Savater: «Cuando su colonia es atacada por otras hormigas: las “termitas soldado” salen a defender a su especie, a pesar de la aplastante superioridad de sus adversarias que las hace perecer en masa, al mismo tiempo que las “termitas obrero” cierran a sus espaldas las paredes del termitero y las dejan fuera sacrificando sus vidas por la seguridad de las demás... Frente a este ejemplo, a continuación el autor nos ubica en la historia que cuenta la Íliada de Homero en la que Héctor, el mejor guerrero de Troya, espera fuera de las murallas de su ciudad a Aquiles, aun sabiendo que este es más fuerte que él y que probablemente va a matarle. Lo hace por cumplir su deber: defender a su familia y a sus conciudadanos. Entonces Savater cuestiona «…¿No hace Héctor, a fin de cuentas, lo mismo que cualquiera de las termitas anónimas? ¿Por qué nos parece su valor más auténtico y más difícil que el de los insectos? ¿Cuál es la diferencia entre un caso y otro?. Sencillamente, la diferencia estriba en que las termitas soldado luchan y mueren porque tienen que hacerlo, sin poderlo remediar (…) Héctor, en cambio, sale a enfrentarse con Aquiles porque quiere. Las termitas no pueden desertar, ni revelarse, ni remolonear para que otras vayan en su lugar: están programadas necesariamente por la naturaleza para cumplir su heroica misión. El caso de Héctor es distinto (…) tiene la posibilidad de negarse a ser héroe (…) por mucha presión que los demás ejerzan sobre él, siempre podría escaparse de lo que se supone que debe hacer: no está programado para ser héroe, ningún hombre lo está. De ahí que tenga mérito su gesto y que Homero cuente su historia con épica emoción. A diferencia de las termitas, decimos que Héctor es libre y por eso admiramos su valor».

La libertad es, por tanto, un valor constitutivo de “lo humano”, un valor antropológico configurante que otorga significado a la existencia. El día en que perdamos nuestra capacidad de actuar guiados por la deliberación y el discernimiento (y comencemos a actuar movidos solo por el instinto y/o por una total determinación externa), automáticamente perderemos “humanidad”, o sea nos degradamos en nuestra excelsa condición, eso que llamamos dignidad humana. Pero la libertad no es absoluta porque tiene un carácter instrumental, no es un fin, es un medio: Está al servicio del perfeccionamiento humano.

Por lo tanto, la libertad no es una meta tras la cual correr, sino el hueso, el músculo y la fuerza misma que nos sostienen e impulsan en pos de la mayor meta posible: vivir la plenitud de nuestra humanidad. De modo que, contrario a lo usualmente proclamado, la libertad no es en sí misma el valor supremo. Nos debe interesar porque hay algo más allá, algo que la supera y le otorga su significado.

En otro plano están las llamadas “libertades” (donde se incluye la de expresión, reunión, asociación, propiedad…). Si bien en la cultura popular y los medios de comunicación se identifica, casi de modo exclusivo, a este plano o dimensión de la libertad con la libertad en pleno, es preciso un deslinde. Las libertades (individuales y colectivas), aunque concreciones operativas de la LIBERTAD (en clave de valor antropológico), siempre han de ser reguladas por un marco jurídico, dado que no se trata de “hacer lo que me venga en gana”, en cuyo caso sólo serían en verdad “libres”, los mejor posicionados, los más fuertes o los más violentos. Es por tanto, en justicia necesario que todos los actores cuenten con un marco regulatorio para el ejercicio de las libertades propias sin detrimento de las de los demás. Ahora bien, cuando el «plano de las libertades» es ignorado, vulnerado o abiertamente suprimido, por un ente organizativo superior (un estado, un gobierno, una ley o autoridad), se lesiona el núcleo mismo de la LIBERTAD personal. De modo que es absolutamente ridículo reconocer la “libertad de conciencia” y a la vez negar la “libertad de expresión” de esa misma conciencia, o la “de asociación” de las conciencias similares, tal y como a estas alturas lo hace alguna constitución por ahí.

Aunque el hombre y la mujer están dotados de autonomía y sean dueños de sí, un obrar será plenamente humano en la medida que, además de auto-determinado, proceda de la voluntad guiada por la razón. Sin embargo, la libertad de elección no lo es todo, pues lo importante es elegir bien: La persona no es verdaderamente libre si escoge aquello que la degrada o va en contra de su propia dignidad o la de otros. Por otro lado, para que se exprese la libertad fundamental, es preciso que el individuo pueda acceder a la esencia y validez de las opciones particulares concretas, anticipando los posibles resultados de su elección. Por tal motivo, el referente esencial de la libertad humana es la verdad, pues esta ilumina a la razón y abre el campo de opciones entre las cuales escoger. ¿O acaso se puede afirmar que obró haciendo “pleno ejercicio” de su libertad, quien aun cuando por sí mismo caminó hacia un precipicio y cayó en él, realmente lo hizo en medio de la oscuridad de la noche e ignorando completamente su cercanía al peligro?. La persona cuando actúa, es capaz de saber lo que hace y por qué lo hace, escoge los medios para alcanzar sus fines, además de prever y asumir las consecuencias últimas de sus acciones u omisiones. La libertad implica pues, responsabilidad.

Por otro lado, cada elección libre siempre involucrará al mismo tiempo una, o incluso varias renuncias. Sólo en la madurez de la autodisciplina, expresada por la capacidad de renunciar a algo en función de un valor que el individuo asume como superior, se descubre la esencia del ejercicio de la libertad. Si bien la libertad, como he dicho al principio, es la fuente de nuestra eticidad, por su parte la ética es el cauce de la primera. La ética personalista no pretende limitar o coartar la libertad, sino plenificarla en su esencia instrumental. Sin una ética que guie y encauce lo que es una poderosa fuerza, corremos el riesgo de ser arrastrados por un caótico torrente, cada vez más lejos de nuestra meta.

A. M. Santos amsantosmd@gmail.com


El triple imperativo frente al vacío ético

Tras milenios plagados de crueldades y toda clase de sufrimientos e injusticias; justo cuando el género humano, confiado en el vertiginoso progreso en todas las esferas de su saber y quehacer, aguardaba el advenimiento de una humanidad colmada de bienes y en medio de una euforia casi general por la caída de los viejos muros de la guerra fría, nos hallamos hoy en realidad ante una sociedad postmoderna cada vez más desencantada. Una “aldea global” que ha conseguido acortar ciertas distancias –entre terminales de computadoras y bancos de datos -, a costa de mantener o incluso acrecentar muchas otras –entre norte y sur; poseedores y desposeídos; poderosos y dominados-.
Todos podemos identificar numerosos problemas en cuya esencia reside una profunda crisis ética: violencia social y familiar, terrorismo, dictaduras de toda laya e igual hedor, guerra de rapiña por recursos naturales, conflictos étnicos y religiosos polarizados hasta el genocidio, xenofobia y discriminación comercio desigual y pobreza extrema, crimen organizado, tráfico de personas, disímiles formas de explotación y neoexclavitud, corrupción administrativa, drogas y alienación, hiperconsumismo, contaminación y sobreexplotación de recursos… entre muchos otros flagelos que hacen la lista sumamente extensa (tanto, que se nos pierde en el firmamento, como aquel cartel de inicio en “Las Guerras de las Galaxias”).
La raíz de tal crisis se encuentra en la extensión y arraigo de una concepción sumamente empobrecida del ser humano, de su sentido y de su dignidad, pues se fundamenta de manera casi exclusiva y parcializada en criterios economicistas: competitividad, eficiencia; ideológicos: poder, dominio y socioculturales: éxito, placer. Promovida activamente por poderosas corrientes de diverso signo y color, se nos trata de imponer por medio de la fascinación, la seducción o el engaño, una visión limitada y degradante de la persona: aquella frase bíblica del Creador “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” es sustituida por quienes parecen exclamar “hagamos al hombre a nuestra medida”, esto es, un objeto desprovisto de dignidad, una cosa, un “casi hombre” acorde con los intereses del mercado o de las élites en el poder, cuya vida será útil y por lo tanto acreedora de algún valor relativo, mientras responda a dichos criterios o reporte algún beneficio a sus fines.
Estas fuerzas, aunque antagónicas en su extrema polarización externa, coinciden en su retorcida esencia antropólogica: no quieren un «homo sapiens», les interesa o bien un «homo faber» o bien un «homo consumis», apenas un poco más avanzados que el cromañón (pero más dóciles y maleables). El individuo concreto, sumido en este panorama de palpable deshumanización, con frecuencia se muestra confundido y desorientado, pues no logra desentrañar el sentido último de su existencia, e incapaz de discernir entre el bien y el mal, se ve arrastrado a un profundo vacío ético. Tal situación a mi juicio debe encararse, asumiendo un triple imperativo:
Imperativo filosófico: el ser humano digno
Cada persona concreta posee una condición de absoluto moral. Todo ser humano constituye un valor en sí mismo y por sí mismo, lo que le hace un sujeto digno, nunca un objeto, que debe de ser siempre un fin y nunca un medio para otro fin, por bueno o loable que este aparente ser. Esta dignidad es absoluta, esto es, un valor inviolable e innegociable del que emanan todos los derechos y deberes humanos.
La dignidad personal constituye la raíz y fundamento de la igualdad de todos los seres humanos entre sí. Solo un ser humano es capaz de reconocer la dignidad de otro y de respetar sus derechos, asumiendo en consecuencia el deber ético de asistirlo, cuidarlo, consolarlo y acompañarlo en su fragilidad, que es al mismo tiempo, la propia.
Imperativo antropológico: la persona, un ser para el encuentro
La persona, tal y como afirmaba Santo Tomás de Aquino “es lo más perfecto que hay en la naturaleza” (Summa Theologica, I q 20, a 3 inc). Pero esa misma perfección y complejidad, la tornan frágil y sumamente vulnerable en todas sus dimensiones (ontológica, corpórea, psicológica, espiritual, moral, social y cultural), por lo que cada ser humano al no poder desarrollarse por sí mismo, experimenta una necesidad radical de encuentro con los demás en la alteridad (del latín alter ego: otro yo) con un “tú”, y dentro de un contexto social con un “nosotros”.
Viktor Frankl sostenía al respecto que «…el ser humano remite siempre más allá de sí mismo, hacia algo que no es él: hacia algo o hacia alguien, hacia un sentido que el hombre colma o hacia un semejante con el que se encuentra. Y el hombre se realiza a sí mismo en la medida en que se trasciende: al servicio de una causa o en el amor a otra persona, con otras palabras; el hombre solo es plenamente hombre cuando se deshace por algo o se entrega a otro y es plenamente él mismo cuando se pasa por algo o se olvida de sí mismo”».
Imperativo ético: el ser humano, libre para el bien y la justicia
En relación con su claridad (inteligencia, conocimiento) y su fuerza (voluntad), en la base del comportamiento humano se conjuga tanto la sensibilidad para descubrir y asumir determinados valores, como la capacidad y la posibilidad de ejercer mediante un continuo proceso de discernimiento ético, una libertad responsable, siempre orientada al bien y a la justicia. Esta libertad no es absoluta, pues si bien nunca podrá ser determinada (en ese caso se negaría su esencia misma), si está condicionada: no soy libre para hacer todo lo que se me antoja (lo cual evidentemente entraría más temprano que tarde en colisión con la dignidad, los derechos y la libertad de otros seres humanos), sino libre para hacer lo que me hace más pleno a mí y a los demás. La libertad no es un fin, es un medio en función de una meta: el crecimiento y la maduración en la verdad y la bondad. (Para una reflexión más elaborada al respecto, sugiero consultar a Marciano Vidal en Moral de actitudes (I) Madrid, PS pp. 233 a 335; Tony Mifsud en Moral Fundamental, Sta. fe de Bogotá, CELAM, 1996 pp. 174 a 180 y E. Lévinas. Humanismo del Otro Hombre. Madrid, Caparrós Editores, 1993 p. 44.)
Si pasamos por esta especie de “triple filtro” (neutro en esencia, desde las perspectivas político-ideológica, y religiosa), los objetivos, intereses y motivaciones que se persiguen, así como sus resultados. Tanto los propios como los ajenos, incluyendo los de las instituciones y estructuras (desde las más elementales hasta las más poderosas y encumbradas), podremos evaluar su «humanidad» y por ende su licitud ética. Este triple imperativo ha de ser pues, la plataforma de una ética de mínimos comunes compartidos.

A. M. Santos amsantosmd@gmail.com


Bioética: construir puentes en lugar de torres

El proceso de globalización desplegado principalmente en los campos económico, tecnológico, sociopolítico y cultural, no alcanza el plano ético. La globalización no es sólo disincrónica, también es asimétrica. Ello origina una violenta colisión de valores: por un lado, la cultura empresarial en boga, propugna valores como la tenacidad, la eficiencia y la lealtad; mientras que las instancias sociales y políticas promueven la participación en la toma de decisiones, el respeto por el bien común y la equidad; sin embargo en la cultura mediática y popular se preconiza el rechazo al esfuerzo y una “libertad” consistente en el disfrute y la autosatisfacción personal sin barreras, de corte hedonista y divorciada de toda preocupación social.
Por su parte, en los ámbitos académicos asistimos a la puja entre los reductos de las posturas clásicas y un mosaico de posiciones más contemporáneas. Coexisten corrientes pragmáticas como la neoutilitarista de S. Mill y W. James y la neocontractualista de Hobbes, Locke y Rosseau, con la fundamentación discursiva de Habermas, la ética deontológica de Kant, la fenomenológica de M. Scheler y N. Hartmann, hasta las más contemporáneas como el personalismo en sus diversas vertientes. Nos encontramos en medio de lo que he llamado en algún otro lugar “una babel ética”, donde no logramos entendernos. Aunque la imagen que creo más ilustrativa es la de cada cual parapetado en “su propia torre”, desde la que ataca resistiéndose a salir y donde corre el riesgo de aislarse cada vez más hasta perder por completo el contacto con la realidad.
Quizás a algunos le parezca que este asunto es ajeno a su vida diaria (cosa de catedráticos y sus textos incomprensibles que pretenden buscarle la quinta pata al gato), ¡pero falso!, están ahí: palpitantes, pujando en el día a día del mercado, los lobbies políticos, los mass media, las calles, hasta los pasillos y salones de nuestros centros. Bajo su influjo se decide cual debe ser la noticia de primera plana (así como que interpretación se le dará) y se toman importantes decisiones desde foros internacionales, parlamentos y ministerios, hasta incluso en nuestro ámbito más cercano. De modo que continuamente somos objeto (y digo “objeto” con toda intención) de prácticas bien de corte «pragmático-utilitarista» o «sociobiologista» o «liberal-radical». Por otro lado, sin haber leído nunca un libro o un artículo de ética, y sin estar conscientes de ello, en nuestro actuar diario nuestras decisiones profesionales y familiares, nos mueve alguno de estos modelos éticos.
En un mundo tan plural en creencias, ideologías e intereses, nos ha sido imposible construir una plataforma compartida de principios éticos fundamentales. Debido a que no estamos dispuestos a perder “nuestras posiciones”, el resultado es que ¡todos estamos perdiendo!. Los problemas, hoy mucho más evidentes alrededor de la vida, donde resaltan los suscitados por las nuevas tecnologías y los de tipo ecológico (pérdida de la biodiversidad, contaminación y progresivo agotamiento de las fuentes de energía no renovables), nos impulsan a la búsqueda de un retorno al enfoque original de Potter: una “bioética global”. Para Potter la bioética como puente al futuro y ciencia de la supervivencia consiste en el desarrollo de un saber de nuevo tipo, que unifique el conocimiento científico y la ética, siempre con una orientación centrífuga: hacia el futuro y hacia la naturaleza, en contraposición a la ética tradicional con su exclusiva orientación hacia las relaciones interhumanas y el presente.
En medio de este complejo contexto, asumimos que la bioética es un puente a la esperanza de una humanidad renovada, unica forma de lograr la sobrevivencia (en clave de sostenibilidad). Por tal motivo, se hace cada vez más notable, la necesidad de generar espacios de formación y diálogo plural e interdisciplinar en el que deben estar incluidos no sólo los científicos del área teórica y aplicada, sino también los educadores y comunicadores, los juristas, los políticos y legisladores. Es además crucial, la participación protagónica de los ciudadanos particulares, las comunidades y los organismos intermedios de la sociedad civil.

A. M. Santos amsantosmd@gmail.com